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Tres semanas después de anunciar la «derrota militar» del grupo yihadista Estado Islámico (EI) en Irak, el primer ministro, Haider Al Abadi, ofreció un discurso a la nación para informar del «final de la guerra» contra el EI. En el intervalo entre estos dos anuncios las fuerzas iraquíes han perseguido y acabado con los seguidores del califa por el desierto que une Irak y Siria y solo cuando concluyó esta labor de limpieza, Abadi comunicó que «nuestras fuerzas controlan completamente la frontera y por lo tanto anuncio el final de la guerra contra Dáesh (acrónimo en árabe del EI)». El primer ministro, que desde que llegó al cargo ha tenido esta guerra como su prioridad, apuntó a la «unidad y determinación» entre los iraquíes como la clave para lograr esta victoria «en tan poco tiempo».

El califato es historia tres años después de su autoproclamación en Siria e Irak y deja una herencia de miles de muertos, millones de desplazados y la destrucción de ciudades enteras a las que los civiles no podrán regresar en muchos años. Una pesadilla que se instaló en el corazón de Oriente Medio de forma sorpresiva en junio de 2014 cuando el grupo, que para entonces ya tenía Faluya, se hizo con ciudades como Mosul, Tikrit o Ramadi ante el descalabro de un ejército de Irak que se dio a la fuga y dejó todos sus arsenales en los cuarteles.

El anuncio de la derrota oficial en Irak llegó solo 48 horas después de que Rusia, principal aliado del Gobierno de Damasco, diera también por acabada la presencia del EI en Siria, donde los últimos combates también se han producido en la zona fronteriza y desértica del Valle del Éufrates.

Último capítulo tras la invasión

La coalición internacional que lidera Estados Unidos aprovechó el mensaje de Abadi para «felicitar al pueblo iraquí por su significativa victoria contra Dáesh» y sus mandos adelantaron a través de las redes sociales que «estamos a su lado mientras se crean las condiciones para un Irak seguro y próspero». La cobertura aérea de EEUU ha sido clave para lograr esta victoria militar, pero los estadounidenses, siguiendo el modelo impuesto por Barack Obama, no han contado con una gran presencia militar sobre el terreno y han cedido el protagonismo a las unidades iraquíes.

Irak se desangra desde 2003. La invasión estadounidense prometía traer la democracia, pero ha terminado por hundir al país en un conflicto sectario cuyo último capítulo ha sido este califato. Los yihadistas aprovecharon el descontento de la minoría suní del país para dar un golpe de fuerza en el verano de 2014 y el Gobierno de Bagdad, en manos de la mayoría chií, les ha hecho frente gracias a su peculiar equilibrio de apoyos entre Washington y Teherán, cuyas relaciones han vuelto a tensarse desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Vuelta a la insurgencia

Desde la liberación de Mosul en verano, el EI ha ido perdiendo batalla tras batalla y los yihadistas, que antes luchaban hasta la muerte, optaron por replegarse al desierto o rendirse. Sus dos grandes centros de poder, Mosul, en Irak, y Raqqa, en Siria, son ahora puro escombro después de largas ofensivas que empezaron con intensos bombardeos aéreos y concluyeron con combates casa por casa. Los servicios de inteligencia de EEUU elevan a más de 60.000 los yihadistas muertos desde junio de 2014, entre ellos la mayor parte de altos cargos, pero es una incógnita el número de seguidores del califa que han podido sobrevivir, los que han regresado a sus países de origen o los que permanecen como células durmientes en Irak y Siria.

Los yihadistas vuelven a la clandestinidad, pero después de tres años dirigiendo un califato con el que han logrado que su nombre desbanque al de Al Qaeda como amenaza global. Su bandera ya no está en las plazas de ninguna ciudad, pero su ideología tiene capacidad de seguir motivando a musulmanes en todo el mundo.

Mikel Ayestaran

Corea del Norte acusó este jueves a Estados Unidos de haber trazado una estrategia para ir "paso a paso" para hacer estallar una guerra en la península coreana y advirtió que, aunque no sea su voluntad, "no huirá" del conflicto.

"Los negligentes comentarios de guerra del círculo interno de (el presidente estadounidense Donald) Trump y los movimientos militares temerarios de EE.UU. corroboran que la Administración actual ha decidido provocar una guerra en la península coreana", dijo un portavoz de la Cancillería norcoreana a la agencia estatal KCNA.

En ese sentido, el funcionario del régimen agregó: "No deseamos una guerra, pero no huiremos de ella. Y si Estados Unidos comete un error en lo que respecta a nuestra paciencia y enciende el fusible de una guerra nuclear, nos aseguraremos de que EEUU pague las consecuencias con nuestro arsenal nuclear".

 La pregunta que queda por hacerse es: ¿Cuándo va a estallar la guerra?
 

Los comentarios de la Cancillería norcoreana se producen en medio de la realización de las maniobras aéreas anuales de Washington y Seúl "Vigilant ACE", las mayores hasta la fecha, que se prolongarán hasta el viernes y que suponen una nueva exhibición de fuerza ante el desafío armamentístico del régimen liderado por Kim Jong-un. "La pregunta que queda por hacerse es: ¿Cuándo va a estallar la guerra?", sostuvo el vocero.

 
Bombarderos estadounidenses en la región (AFP)
Bombarderos estadounidenses en la región (AFP)

La tensión en la península de Corea ha aumentado notablemente en los últimos meses tras la última prueba nuclear de Corea del Norte de septiembre y sus lanzamientos de misiles balísticos, el más reciente y más avanzado el pasado miércoles.

El asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, el teniente general Herbert Raymond "H.R." McMaster, dijo el fin de semana que la posibilidad de una guerra con Corea del Norte "se incrementa cada día", mientras que el senador republicano Lindsey Graham ha instado al Pentágono a empezar a repatriar a las familias de los militares de EEUU alegando que el conflicto con el Norte se está acercando.

 
El presidente estadounidense Donald Trump y el dictador norcoreano Kim Jong-un
El presidente estadounidense Donald Trump y el dictador norcoreano Kim Jong-un

Pyongyang tildó estos comentarios de "belicistas" y aseguró que sólo pueden interpretarse "como una advertencia para que estemos preparados para una guerra", dijo el portavoz de Exteriores, que añadió que "el mundo no debería albergar ningún prejuicio a la hora de discernir quién está detrás de la tensa situación".

China, el vecino de Corea del Norte y único aliado, nuevamente hizo un llamado y dijo que la guerra no era la respuesta.

 Agencias

En su historia, la Tierra ha sido azotada por cinco extinciones masivas desatadas por causas naturales o cósmicas; esta vez el responsable es el ser humano.
 

Corría el año 1998 cuando una encuesta realizada por el Museo Estadounidense de Historia Natural de Nueva York hizo sonar por primera vez las alarmas. “La mayoría de los biólogos del país están convencidos de que está en marcha una extinción en masa de animales y plantas”, se podía leer a principios de abril de ese año en las páginas de The Washington Post. Según el museo, siete de cada diez biólogos afirmaban que una quinta parte de todas las especies vivas podría desaparecer en menos de tres décadas y que el ritmo de desaparición era mayor que en cualquier otro momento de la historia. 

Cualquiera imaginaría que, ante unas predicciones tan dramáticas, se tomarían decisiones políticas y sociales, pero no fue así. La encuesta solo contaba con la opinión de cuatrocientos expertos y no fueron pocos los que pusieron en tela de juicio las conclusiones. Sin datos sólidos que respaldaran el argumento de la extinción, el asunto cayó en el olvido, hasta que las cosas adquirieron un tinte bastante más grave

¿Se han realizado estimaciones alarmistas? 

Hoy por hoy, el programa científico de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, auspiciado por Naciones Unidas, estima que se extinguen a diario entre 150 y 200 especies.Y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) afirma que están en peligro el 41% de los anfibios, el 33% de los corales, el 34% de las coníferas, el 25% de los mamíferos y el 13% de las aves. Pese a ello, aún se escriben artículos, como uno publicado en la revista Science en 2013, en los que se afirma que estos datos no son más que “estimaciones alarmistas”. Evaluar con rigor esta cuestión no es cosa fácil.

 

Para empezar, ni siquiera estamos seguros de cuántas especies existen. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) considera que los datos más fiables son los de un estudio publicado en la revista PLOS Biology, en 2011, que afirma que existen 8.700.000 especies. Una cantidad inmensa si tenemos en cuenta que solo un millón y medio han sido catalogadas. Además, para conocer su ritmo de desaparición, es necesario saber la tasa de extinción actual y la velocidad a la que se extinguían en el pasado. Una información muy difícil de obtener.

 

Declarar sin sombra de duda una extinción es un desafío. Existen ejemplos de especies que, a pesar de que se las consideraba extintas, regresaron de entre los muertos. También hay casos como el del tigre de Tasmania, cuya pérdida está bien documentada, pero que, aun así, supuestamente se avista de vez en cuando. Además, para concretar el ritmo promedio de desaparición de especies en el pasado, conocido como tasa de extinción de fondo, hay que recurrir a los fósiles, con todas las dificultades que eso conlleva. 

 

Con el objetivo de zanjar esta cuestión, a principios de 2015 un grupo de expertos de las universidades de Stanford, Princeton y Berkeley, liderado por Gerardo Ceballos, del Instituto de Ecología de la Universidad Autónoma de México, decidió poner manos a la obra para llegar a una conclusión más o menos definitiva. ¿Es verdad que el ritmo de extinción se ha incrementado en las últimas décadas? Según sus resultados, sí. 

 

Para eliminar cualquier posibilidad de que sus estimaciones se consideraran exageradas, los expertos limitaron el análisis al grupo mejor estudiado de organismos, los vertebrados. Además, “usamos tasas de extinción de fondo muy elevadas, que minimizan la diferencia con las actuales”, explica Ceballos. “Y solo tuvimos en cuenta –continúa– especies cuya extinción estuviera asegurada, sin incluir otras que es probable que también se hayan perdido, aunque aún no estemos seguros”. 

 

Hasta hoy, ningún estudio había seguido unos patrones tan conservadores, ni arrojado unos resultados tan descorazonadores. “No nos esperábamos que fueran tan malos”, confiesa Ceballos. Según el artículo publicado en Science Advances, lo normal sería que desde 1900 hubieran desaparecido nueve especies de vertebrados. Sin embargo perdimos 468 entre mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces.

 

“Es un número que en otras circunstancias habría tardado entre 800 y 10.000 años en desaparecer”, señala. Estamos ante una tasa de extinción cien veces superior a la normaly “si obtenemos un valor tan elevado usando un enfoque conservador, que sin duda minimiza el problema, entonces es que la situación es realmente grave”, aclara Ceballos. En este sentido, Anthony Barnosky, profesor en la Universidad de California en Berkeley y otro de los autores del estudio, propone un sencillo ejercicio: “Mira a tu alrededor y de todo lo que ves mata la mitad”.

 

Según un artículo publicado en la revista Nature, si no se adoptan medidas para mitigar el cambio climático, entre un 38% y un 52% de las especies desaparecerán. De hecho, hemos llegado tan lejos que algunos cambios son ya inevitables, y es probable que condenen a entre un 22% y un 31% de los seres vivos. El calentamiento actual es tan rápido que ninguna especie dispondrá de tiempo para adaptarse.

La única posibilidad, de acuerdo con los estudios realizados por Ken Caldeira, ecólogo de la Universidad de Stanford, es que las plantas y animales se muevan, para acompañar a su rango de temperatura ideal. Algunos ya lo están haciendo: en los Andes, datos recogidos por Kenneth Feeley, un biólogo tropical de la Universidad Internacional de Florida en Miami, revelan que las plantas del género Schefflera están desplazándose por las montañas a un ritmo de treinta metros al año

Por desgracia, según Caldeira, para acompañar el ritmo acelerado del cambio climático tendrían que escalar diez metros al día. Quizá algún ser vivo lo logre, pero las probabilidades son escasas. Incluso los animales que se mueven con facilidad se enfrentan a ciudades, carreteras, presas o zonas deforestadas, barreras que fragmentan el hábitat e impiden su progreso. 

Una extinción en masa supone, en términos técnicos, la desaparición del 75% o más de las especies del planeta en un periodo de menos de un millón de años. Desde el punto de vista geológico, es sin duda demasiado en muy poco tiempo. Pero, para nosotros, con una reducida esperanza de vida, no es un evento ni monumental ni notorio. “La mayoría de la gente no tiene ni idea de que existe un problema”, se lamenta Barnosky.

 

 
 
 

 

 
 

Al dar inicio en Bonn la conferencia anual de la ONU sobre cambio climático, la COP23, los participantes ya unen fuerzas para llenar el vacío dejado por el retiro de EE. UU. del Acuerdo de París.

A la ciudad de Bonn, en el oeste de Alemania,llegaron miles de delegados de todo el mundo para participar en la cumbre climática de la ONU.Durante las próximas dos semanas (del 6 al 17 de noviembre), los delgados negociadores elaborarán el "manual de reglas" del Acuerdo sobre protección del clima de París, al que se llegó en 2015 y el cual entró en vigor en 2016.

Las personalidades más sobresalientes llegarán a la COP23 el 15 de noviembre. Pero, en realidad, los representantes de la alta política tienen que estar preparados para una batalla en la que la sociedad civil quiere hablar por los EE. UU.

Donald Trump, el presidente estadounidense, anunció que retirará a su país del Acuerdo de París.Pero eso es un proceso que demorará tres años, y por tanto, EE. UU. permanecerá como país signatario durante ese tiempo. El presidente Trump, sin embargo, envió una pequeña delegación a Bonn que intentará continuar afinando las reglas del acuerdo climático.

El rol que cumplirá esta delegación fue objeto de debate en el primer día de la COP23. Por primera vez, EE. UU. no dispone de un pabellón en la cumbre sobre el clima de la ONU, y es uno de los pocos países desarrollados que no están presentes. Pero un grupo de gobernadores, alcaldes y ejecutivos estadounidenses, llamada "We are still in coalition" (Aún seguimos en coalición), inaugurará el jueves, 8 de noviembre de 2017, el pabellón del "Centro de Acción Climática de EE. UU." en la cumbre. El pabellón está liderado por el gobernador de California, Jerry Brown, y el exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg.

Conferencia sobre cambio climático COP23 en Bonn.

Conferencia sobre cambio climático COP23 en Bonn.

"Es la primera vez que el Gobierno de EE. UU. no quiere contar con un espacio en estas negociaciones ni quiere hablar sobre la historia del activismo por la protección del clima de este país", dijo Lou Leonard, ex vicepresidente del área de Cambio Climático y Energía en la Fundación Vida Silvestre (WWF)."Es decir que las novedades acerca de las acciones para frenar el cambio climático en EE. UU. serán provistas por los empresarios, los gobiernos de las ciudades y estados, que participan en esta conferencia como una delegación unificada, trabajando para acelerar las medidas contra el calentamiento global en la economía estadounidense", subrayó Leonard en entrevista con DW.

¿Quién es el jefe?

Eso significa que habrá dos delegaciones rivales en la cumbre climática de este año, por lo que cabe preguntar: ¿Quién hablará realmente por los Estados Unidos?

"En mi opinión, los delegados subnacionales representan verdaderamente el interés de los estadounidenses, y están más cerca de la opinión pública", dijo a DW Alden Meyer, director estratégico de la Unión de Científicos Preocupados, un grupo que reclama pasos urgentes para frenar el cambio climático, en la COP23 en Bonn. "Pero en lo que respecta a las negociaciones, de acuerdo con nuestro sistema de Gobierno, es el Gobierno Federal el que representa legalmente a EE. UU. en las conversaciones", añadió.

Al no haber una presencia visible de EE. UU. en la COP23 en Bonn, los delegados están divididos en cuanto a enfocarse más en conversaciones con la delegación oficial del Ejecutivo estadounidense, o con los delegados no oficiales. "Esto es una aberración, y sea quien fuere el que tome el poder después de Trump, restaurará la participación de EE. UU. en el Acuerdo de París", asegura Meyer.

James Hansen, el padre del cambio climático, está en la COP23 en Bonn.

James Hansen, el "padre del cambio climático", está en la COP23 en Bonn.

Poder y vacío económico

Entretanto, varios países e instituciones financieras se alinean para llenar el vacío dejado por EE. UU. China está ansioso por hacerlo y cuenta con un amplio pabellón en la conferencia de este año, asumiendo un rol más resoluto detrás de escena, de acuerdo con fuentes diplomáticas.

La Unión Europea también se está movilizando: el presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel, llegarán a Bonn la próxima semana.

También el compromiso de compañías e instituciones financieras será mayor que nunca, lo cual ya despierta las quejas de diversas ONGs acerca de que el proceso está siendo acaparado por fuertes intereses financieros. Jonathan Taylor, vicepresidente del Banco Europeo de Inversiones (BEI), dio una conferencia de prensa al inicio de la COP23, en la cual dijo que esa organización registró un enorme repunte del compromiso del sector privado en los últimos meses. El BEI prometió destinar 100.000 millones de euros para proyectos de protección del clima hasta 2020.

Cualquiera fuese la elección de los delegados estadounidenses en la COP23 en Bonn, el resentimiento hacia la decisión del Gobierno de Donald Trump se hace sentir, y es criticada por toda la comunidad internacional. James Hansen, un excientífico de la NASA llamado "el padre de la concientización sobre el cambio climático" debido a sus advertencias tempranas, ya en 1988, ofreció en Bonn una conferencia de prensa en la que criticó fuertemente la decisión estadounidense. Lo hizo acompañado de su nieta, de 18 años, Sophie Kivlehan, quien dijo: "Ustedes, los adultos, dicen que nos aman. Pero los desafío a actuar de acuerdo con sus palabras. Si continúan persiguiendo sus objetivos egoístas, el resultado será un enorme sufrimiento para sus hijos".

Autor: David Keating (CP/VT)

Judíos ultraortodoxos pasean ante la Ciudad Vieja de Jerusalén. En vídeo, declaraciones de Jared Kushner, asesor de Trump, y del delegado en EE UU de la OLP. THOMAS COEX (AFP) / VÍDEO: REUTERS-QUALITY

Es mejor dejarlo estar. Al menos en la tres veces milenaria Ciudad Santa, donde aún subsisten componendas de la era de Saladino y los cruzados, saltarse el statu quo puede acarrear funestas consecuencias. Donald Trump prometió en la campaña electoral que trasladaría la Embajada de Estados Unidos desde Tel Aviv, sede de todas las legaciones extranjeras ante el Estado judío, a Jerusalén, donde Israel fijó su capital. En mayo, apenas cuatro meses después de llegar a la Casa Blanca,  tuvo que quebrantar su palabra y, al igual que todos los presidentes en las dos últimas décadas —Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama—, dejó en suspenso “por razones de seguridad nacional” durante otros seis meses el traslado de la misión diplomática aprobado por el Congreso en 1995.

 

En contra de su voluntad política, Trump parece tener que volver a incumplir ahora el trato con los votantes. No iba a haber traslado por el momento, se aseguraba antes de que venciera en la medianoche del lunes al martes el plazo para la adopción de la decisión presidencial. Finalmente, todo ha vuelto a quedar pendiente de un pronunciamiento final mientras se prolonga la tensión. Desde el Pentágono y el Departamento de Estado le han alertado con claridad de que el cambio de sede diplomática podría tener efectos contraproducentes para la seguridad de las tropas y de los ciudadanos estadounidenses asentados en países islámicos.

La Ciudad Vieja alberga el Muro de las Lamentaciones y la basílica del Santo Sepulcro, lugares santos para el judaísmo y la cristiandad, junto a la Explanada de las Mezquitas, un emblemático icono y tercer recinto más sagrado, tras La Meca y Medina, para los musulmanes. Existe acuerdo generalizado en la comunidad internacional de que el casco histórico amurallado se halla en la parte oriental de Jerusalén, esto es, la zona ocupada por Israel desde hace 50 años que los palestinos aspiran a convertir en capital de su Estado independiente.

 
 
 

Por eso las embajadas se encuentran precisamente en Tel Aviv. Al menos mientras israelíes y palestinos no alcancen un compromiso sobre el estatuto final de Jerusalén en el marco de un acuerdo de paz duradero. Las 16 legaciones que se habían establecido en la parte occidental de la ciudad —entre ellas las de 12 países latinoamericanos— terminaron trasladándose a la metrópolis costera cuando Israel se anexionó por ley la parte oriental en 1980. El Consejo de Seguridad de la ONU condenó la medida como una violación del derecho internacional. Los últimos en mudarse fueron Costa Rica y El Salvador en 2006.

¿Por qué está amagando ahora Trump –cuando se presentaba como arquitecto del “acuerdo definitivo” de paz— con adoptar una decisión contraria al consenso internacional? Las especulaciones políticas de Washington amenazan con incendiar la calle árabe con una ola de protestas. Jordania, Egipto, Turquía –que mantienen relaciones con Israel, las 22 naciones de la Liga Árabe, los 57 Estados miembros de la Organización de la Conferencia Islámica que representan a 1.500 millones de musulmanes, han advertido en las últimas horas, o se disponen ha hacerlo,del riesgo de una reacción popular incontrolada si finalmente EE UU rompía con el statu quo. Incluso el presidente francés, Emmanuel Macron, ha expresado su preocupación ante un eventual reconocimiento unilateral de Jerusalén como capital de Israel tras una conversación telefónica con el mandatario estadounidense.

La Autoridad Palestina ha avisado con vehemencia de que iba a dejar de considerar a Washington como un mediador imparcial en Oriente Próximo si se decanta en favor de las tesis de Israel. El secretario general de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Saeb Erekat, teme sobre todo el “desastre” provocado por un cambio en el statu quo a costa del fracaso del proceso de negociaciones. El movimiento de resistencia islámico Hamás, mientras tanto, ha tocado a rebato desde su feudo en Gaza al convocar una “jornada de la ira” para este miércoles, mientras amenaza con lanzar una nueva Intifada si Trump da algún paso diplomático unilateral en Jerusalén.

Hace ahora precisamente 70 años, Naciones Unidas acordó el plan de partición de la Palestina que se encontraba bajo mandato británico desde el fin de la I Guerra Mundial. Algo más de la mitad del territorio fue adjudicado al Estado judío, proclamado oficialmente en mayo de 1948, y el resto estaba previsto para un futuro Estado árabe. Jerusalén, empero, debía situarse bajo administración internacional, como “cuerpo separado” de las nuevas entidades nacionales. Pero la guerra que libraron fuerzas judías y de países árabes hasta que se selló el armisticio en julio de 1949 arruinó los planes de la ONU. El Oeste de la ciudad fue ocupado por Israel, que estableció allí su capital, y el Este quedó bajo control jordano, al igual que Cisjordania. Una Línea Verde de alto el fuego dividió la urbe con alambradas y barricadas hasta la victoria israelí en la guerra de los Seis Días de 1967.

 

Aunque las Embajadas están en Tel Aviv, los embajadores acuden sin mayor problema a entregar sus cartas credenciales al palacio presidencial y los diplomáticos asisten regularmente a reuniones de trabajo en el Ministerio de Exteriores, situados ambos en Jerusalén Oeste. Es un reconocimiento de una situación de hecho. La mayoría de ellos observa gran cuidado, no obstante, en no poner nunca los pies en los centros oficiales del Estado hebreo situados al este de la Línea Verde.

En una intervención pública prevista este miércoles, el presidente Trump puede traspasar aún una línea roja al aludir a alguna modalidad de reconocimiento de la capitalidad del Estado de Israel, según han anticipado medios estadounidenses como The New York Times. Cumpliría así, al menos formalmente, con su promesa electoral. Pero en función del contenido exacto de su discurso en la siempre sensible cuestión de Jerusalén, la palabra empeñada del mandatario republicano puede tornarse en la yesca que prenda una nueva hoguera regional con foco abrasador en la Ciudad Santa.

Desde hace casi dos siglos, una escalera de madera permanece en un alféizar del Santo Sepulcro sin que ninguna de las comunidades cristianas de la basílica se atreva a tocarla. No han logrado ponerse de acuerdo en retirarla desde entonces. Con tal de evitar los habituales altercados entre popes, clérigos y frailes, coinciden en que es preferible mantener el statu quo y dejar la escalera en su sitio.

Entre los fallecidos en el incendio, que se inició anoche, hay diez ciudadanos georgianos y un iraní.

Once personas han muerto y otras 21 han resultado heridas en el incendio del hotel "Leo Grand", que iba a ser el escenario del concurso de belleza "Miss Georgia 2017" en la ciudad georgiana de Batumi (Mar Negro), confirmó a Efe el Ministerio de Interior de Georgia.

 

Entre los fallecidos en el incendio, que se inició anoche, hay diez ciudadanos georgianos y un iraní.

La vida de los 21 heridos, entre ellos varios turistas procedentes de Israel y Turquía, no corre peligro, según las autoridades del país caucasiano.

Los bomberos evacuaron a un centenar de personas del hotel después de que empezara el fuego, entre ellas las veinte participantes del concurso de belleza que tenía que celebrarse mañana domingo.

Según datos preliminares, el fuego se originó en la cuarta planta del hotel, un edificio de 22 plantas cuyos propietarios ya habían sido multados por el Ayuntamiento de Batumi por fallos en la seguridad contraincendios.

El ministro de Interior georgiano, Guergui Gajaria, explicó que el hotel carecía de una escalera de emergencias.

El primer ministro de Georgia, Gueorgui Kvirikashvili, -que llegó a Batumi procedente de Bruselas, donde participó en la cumbre entre la Unión Europea y seis de las antiguas repúblicas soviéticas- prometió castigar a los responsables de la tragedia.

"Las personas responsables de la tragedia serán castigadas con toda la dureza de la ley", dijo Kvirikashvili.

El hotel "Leo Grand", propiedad de una empresa turca, fue construido hace apenas dos años.

FUENTE: EFE

A finales de 2011 Rusia concedió a Venezuela un crédito por valor de 4.000 millones de dólares para la compra de armamento, que Caracas devolvió sin dilaciones hasta marzo de 2016.

 Rusia ha llegado a un acuerdo con Venezuela para reestructurar la deuda del país latinoamericano, que asciende a casi 3.000 millones de dólares, anunció hoy Antón Siluánov, el ministro ruso de Finanzas.

 

"Tenemos un pacto para reestructurar la deuda de Venezuela. Los venezolanos están dispuestos a la reestructuración en las condiciones acordadas", dijo a la prensa local.

Siluánov aseguró que los correspondientes documentos ya se están redactando, ya que ambos Gobiernos se marcaron como plazo límite el 15 de noviembre.

Además, adelantó que Rusia impondrá a su principal socio latinoamericano unas condiciones de pago muy ventajosas, especialmente en el primer tramo, dadas las dificultades económicas que atraviesa Venezuela.

A finales de 2011 Rusia concedió a Venezuela un crédito por valor de 4.000 millones de dólares para la compra de armamento, que Caracas devolvió sin dilaciones hasta marzo de 2016.

En su última visita a Rusia hace un poco más de un mes el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, abordó ese asunto con el jefe del Kremlin, Vladímir Putin.

"La deuda, como cualquier compromiso financiero, es propensa de ser reestructurada. Cualquier reestructuración o refinanciamiento seguramente será objeto de acuerdos entre los dos Gobiernos", dijo entonces Maduro.

En agosto de este año, el gigante petrolero estatal ruso Rosneft transfirió a Venezuela 6.000 millones de dólares en concepto de adelantos por suministros de petróleo venezolano a esa compañía de aquí a 2019.

La estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) cumplió a finales de octubre con el primero de los grandes pagos de deuda internacional que el país caribeño afronta en las próximas semanas, al abonar alrededor de 900 millones de dólares que la empresa debía liquidar en concepto de amortización a los tenedores de sus bonos.

FUENTE: EFE

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