La revolución contra el acoso sexual sacude EEUU

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Lo recuerdan las víctimas. La película solía empezar así. El presentador de la CBS Charlie Rose, icono del rigor en la televisión americana, invitaba a su casa a la peticionaria de trabajo y, tras ausentarse un minuto, aparecía ante ella en bata y con los genitales al aire. Knight Landesman, el gurú del arte y editor del magazine Artforum, llamaba a sus empleadas más jóvenes a tomar el té y, una vez sentadas, no dudaba en pasar delicadamente un dedo por sus hombros mientras les murmuraba obscenidades. El antiguo cómico y ahora senador demócrata Al Franken aprovechaba que su subordinada estuviera dormida para tocarle los senos y fotografiarse junto a ella como un sátiro. El entonces asistente del fiscal, luego presidente de la Corte Suprema de Alabama y ahora candidato republicano al Senado, Roy Moore, merodeaba por los juzgados en los años setenta en busca de menores y, si alguna se dejaba convencer, intentaba fundirse con ellas en la oscuridad…

No es Babilonia. Ni siquiera Hollywood. Es Estados Unidos. Una nación que de golpe ha visto caer un velo y emerger la basura oculta durante décadas. En menos de dos meses, 34 altos directivos, empresarios y famosos han sido fulminados por acusaciones de acoso sexual. Hay inversores de Silicon Valley, mandamases de Amazon y Pixar, cineastas, directores de medios como Vox o The New Republic, un periodista estrella de The New York Times, senadores, aspirantes a senadores, luminarias culturales, actores, productores, escritores, presentadores, presidentes deportivos… La ola de denuncias ha roto el dique. No pasa el día en que no surja un escándalo y dimita el implicado. Algunos casos son de hace 40 años y otros de este mismo otoño. Pero todos tienen un denominador común: el abuso de poder.

El presentador Charlie Rose.
El presentador Charlie Rose. ANDY KROPA/INVISION/AP
 

Al igual que ocurriera la pasada década con la pederastia en las iglesias, un nuevo umbral ha nacido. La tolerancia cero con el acoso sexual ha encontrado tierra firme. Y aquello que durante años permaneció silenciado sale ahora a luz y es juzgado por una sociedad que, bajo el impulso colectivo del #metoo (yo también), apoya a las víctimas.

“Durante demasiado tiempo hemos callado. Una de cada cuatro mujeres ha sufrido acoso en el trabajo. No es una cuestión de Hollywood, o de demócratas y republicanos, sino de un futuro mejor para nuestras hijas e hijos. Hay que denunciar los abusos para acabar con ellos“, ha declarado la muy conservadora e influyente Penny Nance, líder de Mujeres Preocupadas por América, una organización cristiana, antiabortista y cercana al presidente Donald Trump.

“¡Ya es hora de limpiar la casa!”, ha clamado desde el otro lado del cuadrilátero ideológico la actriz Rose McGowan. Ella fue de las primeras en acusar por violación al productor Harvey Weinstein, y se ha vuelto un símbolo de la lucha. Su discurso ante la Convención de Mujeres de Detroit marcó un hito. “Durante 20 años me han callado, me han insultado, me han acosado, me han vilipendiado. ¿Y sabéis qué? Lo que me pasó detrás de la escena, nos ocurre a todas en esta sociedad. Y no lo vamos a aceptar. Somos libres. Somos fuertes. ¡Todas somos #metoo!”Anita Hill during en su declaración ante el Comité Judicial del Senado, el 11 de octubre de 1991.

Anita Hill during en su declaración ante el Comité Judicial del Senado, el 11 de octubre de 1991. REUTERS
 

Sus palabras recordaron algo que muchos ya sabían. Que el poder y el abuso van a menudo de la mano. Sobre todo, en el sexo. No es nada nuevo. Los antecedentes son amplios. Y estos días se están recuperando. Enfrentada a sí misma, la sociedad americana ha vuelto la vista atrás. Y ahí, en la memoria, aparece Anita Hill. La profesora negra que en 1991 ante 10 senadores, todos hombres y blancos, se atrevió a testificar por acoso sexual contra el aspirante al Tribunal Supremo Clarence Thomas. Fue humillada y despreciada por ello. Ni siquiera logró frenar la designación. Pero su valor quedó en el recuerdo. Y poco a poco ayudó a abrir la falla que ahora hace temblar a América: “Soy una superviviente y estoy con #metoo. Pero que nadie se engañe, el cambio no se deberá a un episodio, sino a que todos formemos parte de esta historia”.

Hill no ha sido la única en empujar. Innumerables mujeres han participado y se han visto pisoteadas por hacerlo. Otras han logrado sobrevivir e incluso algunas lo han transformado en una historia de fortaleza. Es el caso de Gretchen Carlson.Miss América 1989 y graduada en Stanford, esta presentadora de la Fox denunció el año pasado por acoso al presidente de la cadena, Roger Ailes, y logró su derribo así como 20 millones de dólares. Su decisión reveló la cultura de abuso que se había instalado entre los jerarcas de la Fox, incluyendo al presentador estrella Bill O’Reilly. Pero el golpe no fue más allá. Como tampoco la caída en junio del presidente de Uber, Travis Kalanick, tras descubrirse un enjambre de acosadores en su empresa.

Durante décadas se ha repetido un esquema bien conocido: se presentaba denuncia, había ruido y luego venía el silencio. Solo el estallido Weinstein ha tenido fuerza suficiente para romper la secuencia. En parte, porque sus víctimas eran más conocidas que él.

Weinstein pertenecía al círculo mágico de los demócratas. Se codeaba con Hillary, financiaba a Barack Obama, tenía por amiga a Michelle y hasta había contratado a su hija Malia de becaria en sus estudios. Poseía influencia y la sabía utilizar. Era el demiurgo de Hollywood y parecía blindado frente a cualquier ataque hasta que el pasado 5 de octubre The New York Times publicó una implacable investigación.

Avalado por la actriz Ashley Judd y más víctimas, el reportaje daba cuenta de décadas de depredación sexual sin límite. Un escándalo que conocía toda la meca del cine y que el productor de Pulp Fiction llevaba años tapando con acuerdos extrajudiciales y manadas de detectives privados dispuestos a hacer callar a quien hiciera falta.

Lena Headey y Angelina Jolie.
Lena Headey y Angelina Jolie.
 

Pero esta vez la riada fue demasiado grande. De poco sirvió que Weinstein fuese expulsado de su trono y acabase en una clínica a la espera de una orden de detención. La ola no paró y hasta la fecha le han denunciado 80 actrices, entre ellas Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Rosanna Arquette, Kate Beckinsale, Cara Delevinge, Claire Forlani, Paz de la Huerta (por violación), Lupita N’yongo, Sarah Polley, Léa Seydoux, Mira SorvinoUma Thurman

El efecto ha sido telúrico. Con su capacidad empática, Hollywood ha puesto rostro al acoso. Las actrices han hecho universal el dolor y explicado mejor que nadie la humillación, pero también su decisión de romper con el silencio y quitarse el fango que les hicieron pisar. El resultado ha desbordado el mundo del cine y ha prendido una llama que pocos creen que pueda apagarse.

En este incendio han jugado un papel determinante los medios de comunicación. Las víctimas han hallado en el cuarto poder un camino que les permite sortear el temor a verse aplastadas por demandas de difamación y costes procesales. El medio no sólo las avala sino que contrasta y hace suyo el caso. Tras su difusión, la pelota queda en el otro campo. Las compañías saben que si mantienen al implicado corren el riesgo ser acusadas de complicidad. Y la indemnización se puede multiplicar.

El congresista demócrata John Conyers, el senador demócrata Al Franken, el expresidente George Bush padre (republicano), y el candidato republicano al Senado por Alabama, Roy Moore. Todos han sido acusados de conducta impropia.
El congresista demócrata John Conyers, el senador demócrata Al Franken, el expresidente George Bush padre (republicano), y el candidato republicano al Senado por Alabama, Roy Moore. Todos han sido acusados de conducta impropia. GETTY 

El mecanismo ha funcionado. Los denunciantes están ganando la batalla y la Prensa, como ya hiciera con los abusos de los sacerdotes, ha vuelto a mostrar su músculo. El peligro de que en esta marejada caigan inocentes es evidente, aunque, de momento, no se ha dado ningún caso conocido. Los escándalos, por el contrario, van a más y la sensación general es que se ha franqueado un umbral. El mismísimo Capitolio ha impuesto a los parlamentarios cursos antiacoso y los presidentes están bajo escrutinio. Figuras como el priápico Bill Clinton son analizadas bajo otra luz y muchos consideran que los casos de Paula Jones y Mónica Lewinsky serían entendidos ahora de otro modo. Tampoco se ha librado George Bush padre, de quien ha aflorado su costumbre de agarrar las nalgas de las mujeres con quienes se fotografía. Seis casos, de los últimos 15 años, han sido destapados. Bush, de 93 años, ha pedido disculpas por todos.

Pero la mayor presión recae sobre Trump. En 30 años, al menos 24 mujeres le han señalado. Aunque ninguna imputación ha prosperado, el tiovivo de escenas incluye desde tocamientos en avión e irrupciones en camerinos hasta besos salvajes a recepcionistas y supuestos intentos de violación.

Trump siempre ha negado cualquier abuso. Y preguntado esta semana, ha mostrado su “alegría” por la actual ola de denuncias. “Es muy bueno para las mujeres y soy muy feliz de que estas cosas salgan a la luz”, ha dicho. Sus palabras no han tranquilizado a casi nadie. “Ha cometido demasiadas afrentas a la decencia para creérselas”, resume el analista y profesor de Yale Walter Shapiro.

Entre estas “afrentas” figura haber apoyado estos mismos días al candidato por Alabama Roy Moore, acusado de abusar de menores cuando tenía 30 años. Pero también aquella explosiva grabación de 2005 que se hizo pública en la campaña electoral y en la que Trump dijo: “Yo empiezo besándolas… Ni siquiera espero. Cuando eres una estrella, entonces te dejan hacer. Agárralas por el coño. Puedes hacer lo que quieras”. Una definición perfecta del acoso.

JAN MARTÍNEZ AHRENS

 

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