El acoso a la democracia y la expansión del submundo digital marcan el desarrollo

Opinion
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Vaya por delante que el 2018 será un gran año para la humanidad, mejor que 2017. Cada vez estamos más cerca de erradicar la pobreza extrema y el hambre, de conseguir que todos los niños tengan acceso a la educación primaria y de contener enfermedades tan mortíferas como el sida y la malaria. Son buenas noticias para el Homo sapiens, las mejores que ha tenido desde que nació como especie hace 315.000 años, y aún pueden ser más buenas si añadimos que hemos desarrollado unos valores, unos derechos y libertades, que cada día protegen a más y más personas.

Sin embargo, muchos humanos del 2018, con la realidad cotidiana cargada sobre sus espaldas, piensan que la felicidad y el amor universal son absurdos. Millones de personas sienten que no tienen dignidad, que trabajan mucho por una miseria, que nunca vivirán bien, con la tranquilidad de tener cubiertas las necesidades básicas. Unos han perdido las cosechas ante el imparable calentamiento de la tierra, otros son víctimas de las guerras o de un modelo de crecimiento basado en el consumo y el beneficio, un sistema que obliga a aumentar la producción y que concentra la riqueza en muy pocas manos, precarizando los empleos y empobreciendo a las clases medias.

Millones de personas sienten que no tienen dignidad, que trabajan mucho por una miseria

Los más emprendedores de los más desfavorecidos seguirán saliendo de casa en busca de un norte que los ampare, cruzando el Sahara y el Mediterráneo, Sonora, Chihuahua y el río Bravo. Si son capaces de superar las barreras físicas, burocráticas, políticas y culturales que Europa y EE.UU. levantan para mantenerlos lejos, podrán demostrar que es gracias a su esfuerzo que el progreso no se detiene.

El desarrollo colectivo lo garantiza, también, el trabajo de un estibador en Busan, de una empleada textil en Dacca, de un diseñador de automóviles en Chennai, de una ingeniera electrónica en Shenzhen, de un agricultor de maguey en Tlaxcala, de un minero de metales raros en Kivu, de un mecánico en los pozos petroleros de Oloibiri, de un pescador en el Gran Sol y de una prostituta en Calcuta que ahorra para que sus hijos puedan estudiar. No creo que a ninguno de ellos les interese leer sobre las corrientes de fondo que van a mover este 2018. Deben saberlas ya. Para el resto, sin embargo, hemos identificado cuatro que se entrelazan y afectan al estado nación, a la solvencia de la democracia, al peso de las mayorías y la expansión del submundo digital, gobernado por algoritmos capaces de crear tanto una nueva moneda como una nueva (y falsa) verdad.

Democracia y posverdad

Quien controla el relato controla el mundo

Un líder sin narrativa no es casi nada, de ahí que dedique tanto esfuerzo a cultivarla y propagarla. Las redes sociales son su gran herramienta. Donald Trump es el paradigma de este nuevo dirigente. Se despierta a las cinco y media y, sin salir de la cama, conecta la televisión, canales de noticias que para él son el primer chute de adrenalina del día. Poco después, lanza su primer tuit y ya se siente mejor. Está en su salsa.

Aproximadamente, la mitad del tráfico que circula por Twitter mueve contenidos falsos, noticias y datos que no son verdad. Parten de cuentas anónimas, detrás de las que no hay ningún individuo, sólo un software que las hace funcionar de manera automática. Estas cuentas robotizadas trabajan para expandir los contenidos, colocarlos allí donde pueden ser más efectivos y viralizarlos.

Las redes sociales ya no fomentan la transversalidad sino el tribalismo. Ya no vamos a una cuenta de Facebook o Twitter a buscar un punto de vista diferente, sino a reafirmar los que ya tenemos, los que refuerzan nuestra identidad y nuestras ideas. Ha nacido una industria de la manipulación y la propaganda, movida por estados soberanos, partidos políticos y grupos de influencia. Su objetivo es captar nuestra atención y condicionar nuestra forma de pensar. El Kremlin, según investiga el FBI y el Congreso de EE.UU., robó correos electrónicos del partido demócrata en las pasadas elecciones presidenciales y los utilizó para favorecer la candidatura de Trump.

Los demócratas pueden lograr la mayoría para un ‘impeachment’

La compañía Cambridge Analytica, financiada con capital de la ultraderecha estadounidense, también ayudó a Trump. Sus algoritmos captan y procesan los contenidos que nosotros dejamos en la red –una foto, un comentario, un like– y con ellos elaboran un perfil psicológico de cada uno de nosotros. Asegura que tiene el de 220 millones de norteamericanos, a los que luego divide en 32 nichos de personalidad. Sobre ellos aplica herramientas de mercadotecnia como el microtargeting –la capacidad de identificar y atender las necesidades de un individuo–, y coloca en nuestra pantalla aquel dato, aquella información que puede decidir que votemos al magnate inmobiliario de Nueva York.

Trump ganó la presidencia porque fue capaz de obtener 80.000 votos más que Clinton en tres estados clave del nordeste. En elecciones tan reñidas el microtargeting de Cambridge Analytica y otras compañías similares puede ser decisivo. Lo veremos en acción en las elecciones legislativas de noviembre donde los demócratas, con los mismos recursos cibernéticos, tendrán una gran oportunidad para ganar la mayoría en la Cámara de Representantes. En campaña habrán prometido poner en marcha el impeachment a Trump y así lo harán si ganan.

La campaña norteamericana volverá a ser dura y populista. La narrativa electoral exige titulares estridentes, como seguramente veremos también en Italia, donde el 4 de marzo se celebran unas elecciones que volverán a medir la fuerza del populismo con la de los partidos tradicionales.

Berlusconi puede aliarse con Renzi para anular el populismo de 5 Estrellas

Emmanuel Macron demostró el año pasado en Francia que se puede ganar al margen de las fuerzas políticas de siempre. Beppe Grillo, líder del Movimiento 5 Estrellas, intentará lo mismo. Encabeza los sondeos con una agenda reformista que revisará hasta la relación de Italia con la UE y la moneda única. Frente a él se coloca Berlusconi, argamasa de una coalición conservadora que incorpora a la extrema derecha y que podría llegar a formar una gran coalición con el centroizquierda de Matteo Renzi: las fuerzas tradicionales unen filas para no perder relevancia.

El Partido Demócrata de Renzi ha girado al centro y sufrido una escisión por la izquierda, señal de los problemas que también tiene el progresismo para mantenerse de una pieza.

La socialdemocracia ha perdido el alma y debemos preguntarnos si Corbyn y Sanders serán capaces de devolvérsela. De momento, aquel centro vital que ocupó con Blair y Clinton, se ha perdido. La gestión tecnificada de la política contentó a los mercados pero no benefició a un electorado progresista que acabó identificado con la derecha populista. Así se explica el auge de Le Pen en Francia y de Wilders en Holanda. El Brexit fue otro triunfo del conservadurismo radical.

La extrema derecha, que ha vuelto al gobierno austriaco, podría entrar ahora en el italiano, igual que ha conseguido entrar por primera vez en el Parlamento alemán. La autocracia se impone en Polonia y Hungría, en China y Egipto. Muchos días Trump actúa más como un autócrata que como un demócrata y lo mismo le sucede a Erdogan. Son los líderes de las nuevas mayorías.

Las mayorías excluyentes

Cuando la identidad lo es todo

Al abandonar el centro posibilista, de la negociación y el pacto, la política tradicional ha dejado que el activismo de los extremos determine los procesos electorales, y en estos extremos, especialmente el populista conservador, la identidad lo es todo.

El debate político, al polarizarse, rompe el espacio de convivencia y genera inestabilidad, lo que deriva en gobiernos más débiles. Theresa May, que gobierna en minoría y con medio partido tory a la greña, es un ejemplo. Hasta Angela Merkel ha perdido fuerza.

Desde los extremos se alienta el mayoritismo, algo que las sociedades del sudeste asiático conocen muy bien. Consiste en que el destino político de una nación lo decide la mayoría étnica o religiosa. Es así como los rohinyás de Birmania no son ciudadanos porque son musulmanes y la mayoría budista no se lo permite. Pasó algo parecido en Sri Lanka con los tamiles, un pueblo mayoritariamente hindú en un país budista, y pasa con los palestinos en Israel.

Las democracias occidentales, aunque son mucho más avanzadas, van incorporando actitudes mayoritarias. El objetivo es limitar al máximo o incluso eliminar a las minorías del proceso electoral y del Parlamento. En Estados Unidos es muy claro el esfuerzo de los republicanos para dificultar el voto de los negros, que tradicionalmente favorece a los demócratas. La victoria de Trump se produjo sobre una marcada división étnica y a ello contribuyó mucho también que la república estadounidense sea la más religiosa de todas las repúblicas occidentales.

Cada vez más países creen que el destino político lo decide la mayoría étnica

Que la religión es una fuerza política lo tenemos muy claro cuando hablamos de países como Irán o Pakistán, que son repúblicas islámicas, pero no tanto cuando lo hacemos de Israel o Estados Unidos. Es muy probable que a lo largo del 2018 veamos cómo la religión es determinante a la hora de tomar decisiones políticas trascendentales en ambos países.

La base evangelista de Trump le animó a reconocer a Jerusalén como la capital de Israel y la base ultraortodoxa de Netanyahu trabaja para que los palestinos nunca tengan un Estado propio.

Este año Trump intentará que el Congreso levante la prohibición a las iglesias de hacer política. Incorporar los centros de culto a la maquinaria electoral es otro ejemplo de como, poco a poco pero de manera imparable, desaparece la división entre Estado y religión. Sucede lo mismo en Irán, Pakistán y otras repúblicas islámicas. En estos países, al igual que en los más conservadores de Europa –Polonia y Austria por poner dos ejemplos– los miembros de la mayoría étnica, cultural y religiosa esperan que el resto se comporte como haría un buen invitado.

El declive del estado nación

Radicalismo y supranacionalismo

El Estado nación se repliega a su última trinchera soberana, la identidad, pero aún desde este parapeto radical parece que no podrá resistir el empuje de un progreso que trasciende las fronteras, tanto por las buenas (Unión Europea) como por las malas (migraciones).

Los estados fallidos, como Afganistán, Sudán del Sur y Somalia, seguirán siendo estados fallidos. Allí no hay patria que valga. El resto está expuesto a sufrir tensiones nacionales. Pocos dirigentes fuera de Europa entienden que la soberanía o se comparte o se pierde. Macron lo entiende –este año trabajará para integrar aún más la eurozona– pero Maduro no y el aislamiento de Venezuela –fuera del Mercosur– acentuará la penuria que provoca la revolución bolivariana.

Son dos ejemplos extremos, pero ilustran las actitudes tan diferentes que se pueden tomar ante una realidad tan clara como la integración de las economías mundiales. Y muchas veces, la ideología no es determinante. Trump, por ejemplo, está más cerca de Maduro que de Macron.

El nacionalismo de Trump y Maduro, que también tiene seguidores en Europa, provoca, en sus propios países, un distanciamiento entre el Estado y una parte importante de la sociedad, que se resiste a aceptar las políticas nacionalistas, como defender la minería del carbón o imponer una economía de precios controlados. Surge así un activismo ciudadano y político a partir de los municipios y las entidades privadas. En Venezuela ha sido clarísimo con la oposición al chavismo, pero también en EE.UU., donde muchas ciudades apuestan, en contra de la administración Trump, por energías limpias. Creo que a lo largo del 2018 veremos más ejemplos de esta resistencia ciudadana y, en muchos casos, con el apoyo de instituciones del propio estado, como ya ha sucedido en EE.UU., con la oposición de los jueces a los decretos antimigratorios del presidente.

El reto del bitcoin

La moneda de las personas

El 1 de enero de 1999 once países europeos renunciaron a su moneda y adoptaron el euro. Hoy son 19 estados nación los que han renunciado a un pilar fundamental de su soberanía. El euro, aún así, dispone de un banco central y de una estructura a la que se intenta dotar de más atribuciones políticas, como veremos este año. En todo caso, funciona como una moneda de un Estado supranacional, un invento lógico para el mayor mercado del mundo.

El bitcoin es una moneda del todo diferente. Como cualquier otra, vale lo que queremos que valga, pero a diferencia de las monedas tradicionales, incluso de una tan moderna como el euro, no está vinculada a un Estado nación, ni a un banco central y, por tanto, no está limitada por ninguna regulación. Es una moneda controlada por sistemas informáticos, algoritmos encriptados que la hacen circular de persona a persona, sin intermediarios.

Pocos dirigentes fuera de Europa entienden que la soberanía o se comparte o se pierde

Al principio, en el 2008, no valía casi nada. El sistema, programado para emitir 21 millones de bitcoins, ofrecía los títulos de compra a cambio de unos pocos céntimos de dólar. El invento parecía un buen ejercicio teórico pero poco práctico. La cotización, aún así, fue subiendo céntimo a céntimo y luego dólar a dólar, hasta que a finales del 2013 alcanzó los mil dólares. Hoy, cuando se han emitido el 80% de los bitcoins programados, su valor supera los 18.000 dólares. Cuanto más vale, más atrae el interés de los inversores y especuladores. Wall Street advierte de la burbuja y denuncia un fraude que puede acabar mal este mismo año.

De momento, el bitcoin se abre camino en países con hiperinflación o monedas muy inestables, como Venezuela. Es muy útil para los que se oponen al sistema (anarquistas y libertarios) y para los que viven al margen de él (criminales de cualquier índole).

También es muy interesante para los dos mil millones de personas en todo el mundo que no están en ningún banco. A ellos les basta un teléfono móvil y una conexión de red para manejar sus finanzas en bitcoins.

Esta moneda que no se acuña porque sólo existe en el ciberespacio sirve para pagar en cada día más comercios. También hay líneas aéreas que ya la aceptan y webs que facilitan su compra-venta. El 2018 puede ser el año del bitcoin, la confirmación de que otro sistema financiero, sin bancos ni gobiernos, es posible.

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